© salvador moreno valencia
exacta, en la madrugada, la soñé en un lugar imaginario donde las olas se
confunden con el brillo de la luna.
Era esa hora
en la que el efecto, de las cervezas, creaba en mi cabeza caballitos de mar,
sirenas de plata, veleros blancos empujados por el viento. La hora de la
sentencia, el amargo trago del amor, me bebí la soledad en una barra de
nostalgia, en la barra de ese bar donde palpitan los sentimientos de seres
solitarios. Allí me la tomé de un trago y la sentí correr por mi garganta
quemando mi esófago y encendiendo una llama en la boca del estómago. Era la
novena cerveza o la décima, no lo sé, porque a la novena siempre pierdo la
cuenta y la cabeza.
Ella, fría, calculadora, me atajó mi embate sin rodeos y me
pidió que la dejara tranquila, que le apetecía estar sola. Es así, orgullosa.
Sentenció con el brillo de sus ojos y en sus labios corrían los deseos y los
perjuicios. Y fueron los cristales de su boca los que nos separaron una vez
más.
Era la hora exacta, la del tiempo detenido, la del silencio
amargo, la del reloj de arena en la
playa de su vientre, en las crestas de sus pechos.
En la cerveza número once o doce, o quizá en la primera,
perdí de nuevo en el amor, gané en el olvido y me retiré a dormitar en los
espejos moribundos de las calles vacías donde la nostalgia vaga herida de
melancolía. Caminé toda la noche hasta que al alba me sorprendió un día más,
embriagado de amargos tragos, dando tumbos, observado por las ventanas cerradas
del amor, del calor interno, del sueño perdido.
La luz del sol me estalló en los ojos que se llenaron de lágrimas
muertas, de llanto olvidado en el camino. Regué las calles empedradas de esa
ciudad soñada con una larga meada de cervezas y de noches rotas. La forja de
las rejas me hablaba de encierros, de cárceles.
Sueños amputados, secuestrados por el calor de sábanas
engarzadas a cuerpos sudorosos. Sus labios, sus pechos, su agujero infinito, su
aliento macilento enfrascado con el mío cargado de cervezas y de cigarros de
melancolía. Mis labios, mi torre de Babel asaltando esos puntos en los que se
rompen los cristales y ya nada puede unirlos.
Era la hora de la realidad, de la puesta en escena de los perjuicios
y los cristales se empañaron alejándonos una vez más. Así de nuevo desperté a
la hora en la que se despiertan los noctámbulos. El almuerzo me la devolvió en
el sabor de la sopa y la primera cerveza estalló en mi estómago y comencé un
día más, una noche que se ajetreaba por ser viernes y los deseos seguirían cabalgando, en tropel,
a lomos de otros ojos, otros labios…
La luna saltó de su cama y fue regando los rincones oscuros
en los espejos y los cristales se rompieron a la novena o décima cerveza, no lo
sé, siempre pierdo la cuenta y la cabeza cuando esa cifra baila en el mostrador.
Sentí miedo y me refugié en los pechos calientes de una
mujer y desperté abrazado a la botella.
Hola, si que escribes bien o al menos a mi me gusta. Te voy a añadir como amigo para seguir leyéndote y sé bienvenido a este mundo donde todos escribimos y nos gusta que nos lean y nos comenten.
Un beso
Muchas gracias, catartica por tu bienvenida!
también te añadiré a la lista de amigos.
beso.